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Simone fue otra vez a la puerta y esta vez echó el cerrojo interior, para que no las molestaran. Janine tragó saliva, comenzaba a ponerse nerviosa. Su hermana se quitó el corto y transparente vestido de dormir que le habían puesto, sus senos bailaron con el movimiento de sus caderas al acercarse a Janine, eran pequeños, idénticos a los de su hermana, a medida que se acercaba a esta, sus ojos empequeñecían, transformándose en los de un felino en celo, Janine conservaba aun su mirada inocente y aquello abría el apetito de la otra, la cual ya saboreaba sus labios lentamente, como si la sequedad de estos no la dejaran desplazar la lengua a voluntad. Janine cayó sentada en su cama al no poder evitar el acercamiento de su gemela, bajó la cabeza y cerró los ojos la timidez vencía su curiosidad. Simone llegó por fin a ella, la distancia le había parecido inmensa, pese que solo eran unos escasos tres metros, tomó los bordes del vestido de su hermana, tan parecido al de ella pero de color azul cielo, lo fue subiendo delicadamente, disfrutando la imagen que había visto durante sus cortos años de vida y que ahora, le inspiraba un instinto diferente, más sádico, bestial, y, al mismo tiempo, sedante, menudo y frágil. Los pezones de su hermana endurecieron con el solo roce del vestido al descubrirlos.

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Simone acarició la cabeza de su hermana suavemente, jugando con su pelo, su experiencia en aquellas delicadezas era nula, pero era como si estuviera preparada para aquello desde hacía mucho tiempo, tomó la barbilla de Janine y levantó su mirada, la chica seguía con los ojos cerrados y su hermana la besó en los labios, suave, pausada, probando por primera vez a su imagen y semejanza, su beso fue ligeramente correspondido entre los temblorosos labios de Janine, que poco a poco abrió su boca hasta rendirse en una apasionada e indestructible unión, como dos animales que se despedazan así fueron ellas entre besos, se mordían los labios y al segundo los acariciaban con la lengua, como si quisieran curar la herida, lenguas que invadieron cavidades, suspiros reprimidos por más besos, manos que encontraron carne a la cual aferrarse, fundieron se en vendavalésco abrazo, pezones buscaron pezones, caderas que se amaron con la fiereza misma.

Janine soltó a su hermana como si le costara un mundo, abrió sus ojos, por primera vez en todo el encuentro, notó esta vez las pequeñas marcas de las uñas de Simone en el pezón herido por la pasión descubierta hacia horas. Lo rozó levemente con las puntas de los dedos, la caricia hizo que su gemela se estremeciera, la conexión era tan fuerte, que el solo choque de sus miradas les llenaba cada vez, palpó más segura el área de la herida, la otra chica gimió, como si el fuego que corría por las venas de su hermana quemara su estigma de lujuria. Poco a poco, Janine llevó un beso a una de las marcas, luego en otra, y en otra, y en otra, hasta haberlas recorrido todas, entonces puso uno en el centro, como si fuera una diana de disparo. Su lengua jugó con el pezón de su hermana, lo mordía con suavidad, con fiereza en otras, lo masticaba en ocasiones, pero todas las formas lograban el mismo objetivo, volver loca a su igual. Entonces incrementó la velocidad de todo y amplió el área de cariño, llegando a la tierna masa blanca que componía el seno de Simone. Los tomó a los dos, y no le cabían en la boca al mismo tiempo, luchó por tenerlos juntos, pero le fue eróticamente imposible, y solo alcanzó a producir un efecto mayor al que esperaba: su hermana cayó arrodillada enfrente de ella.

No podía aguantar más, Simone empujó a su hermana contra la cama y lamió su vientre con terrible deseo, lo rayó con sus dientes, lo pellizcaba y aruñaba con sus uñas filosas como garras. Llegó a la entre pierna de Janine y succionó el muslo, haciendo que su hermana le agarrara la cabeza para separarla, pues nunca había sentido todo aquello y le desbordaba el deseo, pero Simone no abandonó en ningún instante y el primer intento de separación se convirtió en aproximación, logrando que Simone hundiera su cara en el centro de las piernas de la que una vez fue una chica tímida. Su lengua, juguetona, rozaba ligera los labios vaginales de la chica, Janine temblaba y arañaba la espalda de Simone. Ahora penetraba leve la vulva, degustándola con cada lengüetazo, los gritos de placer de Janine eran apagados por un pedazo de almohada que sostenía entre sus dientes, lágrimas de placer rodaban por su rostro angelical. Janine invirtió el asunto y se subió encima de su hermana, solo que su linda colita quedó al alcance de la hambrienta boca de Simone y cuando su hermana entró en la corta maleza de bellos dorados, castigó con la misma fuerza con que recibía, se fundieron en un 69 de locura extrema, era como un reto y el premio era lograr que la otra gozara hasta el límite de la agonía, mordían, chupaban, gemían, ¡Ay Dios mío, Ay Dios mío, Ay Dios mío! La pasión vertió sus aguas y cayeron en el profundo letargo del orgasmo.

Estas escaramuzas de muchachitas pícaras se repetirían muchas veces, durante 2 años estuvieron observando a su padre con otras mujeres, tanto de la casa, como de su trabajo o de la calle, simples prostitutas. Aprendieron todo lo referente al sexo, tanto con hombres, como entre ellas, el primo David fue seducido y varias veces se convirtió en el objeto de juego de ellas, también su vecino Eduardo y otros chicos cercanos a ellas. En casa eran unas delicadas princesitas, pero en su verdadero mundo, solo eran animalitos salvajes, adictas al sexo.

Pero todo en la vida acaba. La mentira puede tener 1000 años de ventajas, pero la verdad le alcanza en solo segundos. La señora Almirante descubrió todo lo que su esposo le hacía a sus espaldas. Le sorprendió un día con la psicóloga de las niñas en cuarto matrimonial. Revolver en mano entró en la habitación donde se hallaban estos, descargó 5 balazos sobre los amantes y el último lo utilizó para volarse los sesos. La sangre que salió, salpicó a las niñas, que en ese momento salían detrás de una cortina. Pero ellas no lloraron, ya no sentían amor por sus padres, siempre demasiados ocupados para prestarles atención, delante de la sangre caliente de sus padres muertos juraron vivir por y para el sexo, nadie merecería nada más allá de lo que se ganará. Aquel trauma influiría en sus vidas en un futuro no muy lejano. Eran solo niñas, con una mente algo deformada por la educación que ellas mismas eligieron. Vivir solo un placer, ese placer que las colmaba en sus juegos de simples gaticas lujuriosas.

17 años y quedaron solas, a merced de una fortuna y un futuro incierto, lejano, sin esperanzas...

Tía Marie no tenía tiempo de ocuparse de ellas, por eso, luego de las investigaciones de la policía, quedaron a en manos de los criados de la casa, que se quedaron para ayudar a las "infelices niñas". Tía Marie les enviaba dinero todos los meses de la chequera de su fallecido padre, que estaba disposición de ella, su tutora. Al cumplir los 19, ellas quedan dueñas absolutas de toda su fortuna, además demostraban ser muy capaces, no tenían la forma de pensar de unas adolescentes, eso les hizo ganar confianza con su ocupada Tía, la cual no se ocupó nunca más de ellas.


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